Cigarrillos desde Iraklia

"Cuaderno dedicado a aquellos quienes tengan algo que contar. De encuentros, de infortunios, de pérdidas y apariciones, de amores y derrotas... en tierra o mar, de hombres sin historia... En éste departamento también suenan Lp's , se habla de cine y se fuman cigarrillos..."

jueves 15 de noviembre de 2007

Confesiones I


Ahora recuerdo que una vez vi a Bob Dylan en el asiento trasero de un coche. Tal vez no fuese él, pero entonces lo creí así. Había estado bebiendo demasiado temprano, hubo un tiempo en el que bebía siempre demasiado temprano, hasta demasiado tarde. Esto lo he oído demasiadas veces. Entonces creía en Bob Dylan. Ahora tan sólo es un recuerdo en el asiento trasero de un coche. Cuéntanos Bobby, si estas por ahí, que tal te fue... Espero sinceramente que aún conserves el último botón de la camisa abrochado.

En ocasiones dudo haberme trasladado a esta isla en un consciente ejercicio de voluntad. Al principio no fue sino la decisión de quien, sin lamento, decide aparcar una vida. No puedo decir que una sangrante herida me ahuyentase hasta esta playa, tampoco que la intimidad humillada buscara poder consolarse agazapado. Es cierto que mi vida había comenzado ha ser dolorosa hacía tiempo, muy dolorosa en ocasiones, pero todo dentro de un trazo oscuramente planeado. A mis setenta y un años, echo la vista atrás y me descubro a mí mismo con veinticuatro años, un poco aturdido ante la idea de que, los años pasan, y las vidas mueren. Pero todo estaba ya ahí de antemano, esperando ser recogido en el momento oportuno.
La idea de un pasado, me es extrañamente confusa hoy día, me encuentro a menudo con la sensación de haber vivido lo presente, o cuanto menos, de haberlo contemplado.
A lo largo de toda mi vida he sentido un profundo temor por los recuerdos, especialmente por las fotografías, quizá porque en ellas se escucha: "así fue lo que ya no será". Y lo más inquietante de todo esto, es que en el momento en el que cada una de esas fotografías fue tomada, podía escuchar esa misma voz. Aún la escucho.
Y así fue en otro tiempo, lo que ahora no es, así fue Bobby a las diez treinta y cinco de la mañana en el asiento trasero de un coche, así fue Pérceval con paraguas frente al café Maupassant, así fueron las jarras de porcelana que mi padre trajo consigo tras su primer viaje a Frankfurt, así fue en otro tiempo, lo que ya no será.

Miro a Creta, mi perra, dormitando a mis pies, y recuerdo cuando a mis veinticuatro años comencé a escribir el diario de un hombre anciano que vivía en una isla, Creta no lamentará por lo que pudo haber sido y no fue...

domingo 4 de noviembre de 2007

You can never hold back spring

Amigo Ivan,
En ese abrigo verde había un pasado y un destino, y eso, ni tan siquiera en un negro corazón de tabaco como el tuyo se ignora.

Amigo Ivan, yo creo que hiciste bien al comprar un billete hacia el sur, y rencontrarte así, con el ahora viejo abrigo verde que una vez tuviste, como quien a hurtadillas, comprueba que la amante ya huida es dichosa en su que-hacer. La justa discreción para reconfortar al que fuera amante sincero, y la justa para mantenerse en la no intervención. Estrecha franja aquella, un poco paternal, de quien desea ser testigo de la conquista ajena sin ser visto, a fin de salvar todo riesgo de intrusión en aquel triunfo, que a fin de cuentas, y salvando algunas miles de lágrimas consoladas, no es sino completa y definitivamente suya.

Aquí está tu viejo abrigo verde querido amigo, camino hacia el sur. De seguro no te reconocerá. Los años tapan la cara que en otro tiempo llevaba tu nombre. Y no intentes apelar al recuerdo en esfuerzo por salvar las distancias, porque el verde no volverá.
Lo pasado, pasado está, dijo una vez el transeúnte. Y todo un reino de voces y caras amadas ardieron sin el lamento de los Dioses. Y estas manos secas, que en ocasiones golpean furiosas por el recuerdo de sus padres, mueren en el ruido sordo de la madera de este comedor, y por más que golpean y golpean, la reverberación es terriblemente corta.
Es entonces, cuando estas manos doloridas comprenden, que no queda nada para la posteridad.

lunes 8 de octubre de 2007

Gaspar Aleksas


El lunes pasado terminaron mis vacaciones por Francia y ya estoy de vuelta en Iraklia. No tenía previsto escribir nada hasta la próxima semana, expectativa que se ha visto truncada a causa de un suceso presenciado en el aeropuerto de Atenas. Recién desembarcado, posteado a la cinta transportadora que traerá mi equipaje, un instante antes de ejecutar sobre mi brazo extendido la insignificante resolución que daría con mi maleta, una voz aspera, -Señor RoryMcQueen- y el tacto del asa, que creí en mis manos, se alejó entre los sátiros que cantan el desastre. -Mal augurio-, pensé.
Soy el inspector Gaspar Aleksas, el señor Kaliass me dijo que podría encontrarlo aquí. Efectivamente, aquello no pintaba bien, recordé haber hablado con Kaliass de mi viaje, de un no es molestia, pasaré a recogerte y soda.
Pero Kaliass no estaba, y aquel tipo estaba lo suficientemente erguido como para creerlo policía. -El señor Kaliass no a podido acudir a su cita- Aquel hombre de camisa y corbata chata, tenía las manos en los bolsillos, lo cual por alguna extraña razón le hacia parecer inteligente. No encontré ningún motivo por lo cual sentirme amenazado, excepto...
-Me gustaría hacerle algunas preguntas antes de su partida para Naxos, he comprobado que su barco sale a las tres y media, por lo que aún disponemos de unos minutos de charla.-,
-Usted dirá, inspector.
-Según tengo entendido, el señor Tim y usted encontraron el cuerpo en la arena.
Las maletas giraban.
-Es correcto.
Las maletas.
-¿A que hora sucedió eso exactamente?
El inspector debió haber llegado a la isla hacía días. No se como pude haber sido tan estúpido de ignorar que este día se presentaría tarde o temprano. Lamenté profundamente esta situación.
-No se preocupe señor McQueen, no será necesario mentir por su amigo James, él no es sospechoso de crimen alguno.
Desconfié inmediatamente. -Doce y cuarto del medio día-
Las maletas.
El inspector tenia un gesto doliente, de cavilación pesada, las maletas y quizá por ello me sentía en una escena estudiada con detenimiento. No hizo más preguntas y acordamos vernos en Iraklia a primera hora del día siguiente.
Entonces cometí un error imperdonable que sin duda alguna el inspector sabría interpretar.
Olvidé mi equipaje.

miércoles 8 de agosto de 2007

El sol al medio día (II)




Hace ya casi un lunes nos encontramos con un día complicado. En este verano, que cae como el péndulo, que no deja pensar, el sol de los malditos arde para todos. Uno se detiene un instante para aliviar el sudor de su trabajo, y de pronto tiene a sus antepasados sentados frente a él; - yo estuve en tu mismo lugar, en el justo momento del sudor y la sequía, así mismo, brazos en jarra y manos tensas, clavado a esta tierra, sin el preguntar por la dicha, sin el cálculo del fruto que ha de llegar, en la paz del perro casi muerto que observa a tus pies -. Y cuando el cuerpo comienza a gritar para mantenerse en pie, uno aún no comprende que el hombre está a salvo, y que no hay más vida que esa, vida erigida, vida chilla y suda por no desplomar, vida junto a un perro que comprende y que siempre mira. - Reconozco ese gesto Creta, tu y yo sabemos que este cuerpo, al igual que el tuyo y el de nuestros antepasados, nunca caerá...

jueves 24 de mayo de 2007

El compás, la brújula y el astrolabio


Hace un par de semanas recibí una carta de Kaliass, el gerente de la tabacalera a la que le compro el tabaco para Iraklia. Kaliass regenta un pequeño negocio que importa tabaco americano y holandés a Atenas. Él es quien busca proveedores, recoge el material en su origen, y quien se entiende con el capitán que lo dirige al puerto de Iraklia. Yo me limito a esperar, una vez por semana, junto al puerto, la llegada de su envío. En ocasiones nos carteamos para intercambiar impresiones sobre sus nuevos descubrimientos.


En esta ocasión, me escribía para hablarme del negocio, lo cual, en un tipo como Kaliass, es equiparable a su intimidad. Al parecer el negocio no anda bien, los impuestos son cada vez mas altos y las perlas escasean. El interés de su escrito era significativamente oscuro, lo cual me hizo suponer que necesitaba un préstamo. En cualquier caso, Kaliass deseaba que nos reuniéramos en Atenas para hablarme de su nueva situación. Y yo accedí encantado.

Cuando alguien se cita con Kaliass, acostumbra llegar temprano, quizá no sea Kaliass, quizá la cosa esté en uno y nada más, quizá deba suceder de tal modo que el café esté dispuesto. Si me retrasase en mi cita, si Kaliass sentase allí cuando yo aún camino, de seguro estaríamos perdidos.
Tim, perdidos, porque quien no espera está como ausente para lo que llega.

Entonces recuerdo un juego, propio de los momentos un poco vacíos, del que hace ya tiempo que no participo. Es el juego de quien espera a su amante, o a un amigo, y se pregunta a dónde conducirá el presente, cuales serán lo gestos involuntarios que conformarán lo venidero, de igual modo que las primeras palabras de una conversación, uno o dos golpes de cucharilla en el café, enmarcarán un sentido y no otro a lo que sigue. Y cuando la historia esté escrita, podrás retornar al punto en el que aún estabas tan equivocado, tan compás, tan brújula y astrolabio, sobre cartas de navegación tan llenas de errores.
Y cuando te recuerdes jugando a este juego en el pasado, en aquella salita un poco marrón por ejemplo, te dirás, éste soy yo, el yo del que me hablabas, tan distinto todo y sin embargo yo, y por decirlo de alguna manera, el inocente juego nos ha puesto en conversación. Nosotros dos, dos yoes separados por un charco de días y de años conversando, indecisos entre la sonrisa y la amargura, entre mapas tan mal trazados.
¿Tú lo has pensado Tim? Sucede un poco lo mismo cuando alguien recupera un dibujo de su infancia, porque todo dibujo es un mundo planeado, sólo que cuanto más largo sea el charco peor es la comunicación.
En mi caso, mi yo del presente siempre es un poco paternal con el del pasado, pero debe usted hacer la prueba.
Kaliass está aquí, será soda para beber y jubilación, ya no habrá más cigarrillos Rory.

miércoles 25 de abril de 2007

Perceval que ya no está


Leyendo la carta de mi querido amigo Tim, he vuelto a pensar en Percival. En esta ocasión ha sido un Percival distinto, uno que quizá no conocí. Y es que cuando uno mira hacia atrás, y recupera instantáneas ya olvidadas en el cajón de la salita, se pregunta si las cosas sucedieron tal y como uno cree. Extraño y lento, el pasado impone su criterio, esta habitación se expone a su luz, cuando abro la puerta de mi salón por ejemplo, esta historia, la historia de la humanidad al completo, es la que entra por mi puerta, ella y no otra es quien deja ver las fotos enmarcadas, los discos y las estampas. Y mi Percival está ahí, tan chico y tan paraguas en mano, esperando a René que llega tarde (si no recuerdo mal), apoyado en el cristal del café Montaigne, con la alegría de una de esas fotos que no será mirada con atención. Simplemente percival, percival y su paraguas, percival y el café.
Entonces, reparo en algo extraño. Una marca de imperfección, una mancha en la película, un error en definitiva, algo que está pero que no se deja atrapar, como de corrido, como de ausencia no reparada, y que sin embargo, me detiene un instante. ¿Es éste Percival?, ¿es éste su paraguas? no sé... Yo no recuerdo haber tomado aquella instantánea, ¿Rene quizá?, no, no pudo ser... desde este sillón, desde la traicionera luz de mi mesita, alcanzo a pensar que no es Percival quien espera, que no es su paraguas sino otro.

Irrumpe lo ajeno de entre lo más familiar, y triste es la mirada al pasado, según creo, porque desde la distancia, en la luz menguante de mi querida Iraklia, Perceval ya no está, y mi Perceval ya no es Perceval, sino otro. Una imagen sin secretos, sin intimidad, sin nada que contar... donde ya no queda espera alguna para la confesión en la nocturnidad. Con su recuerdo olvidamos ese algo que nunca conocimos, como entre bastidores, como quien no alcanza, ya gordo, a abrocharse el último botón de la camisa.

No nos quedará más mapa, que este Perceval, tan chico y tan paraguas en mano, esperando a René que llega tarde..

sábado 14 de abril de 2007

Don't think twice, It's all right


Jim es un hombre tranquilo.

Una tarde, Andreas y yo remolcamos una entrega de cartón hasta mi casa, así llamamos al tabaco importado via Atenas, cartón grande y pesado, cartón griego, cartón americano... Pensamos que sería una buena noche de albariño y balcan. En Iraklia hay días en los que es necesario despertar un sueño festivo, y así es como nos las arreglamos para organizar encuentros más o menos lúdicos. Jim, tal y como decía, es un hombre tranquilo, no habitua a implicarse demasiado con lo que le rodea, y sin embargo, su presencia es extrañamente natural.

Aquella noche tocábamos en una vieja guitarra don't think twice. Gloria, radiante entre la música, nos confesó que James era pianista en Dinamarca, un buen pianista, decía. Yo le pregunté porqué había abandonado su piano, pesaba demasiado me dijo.
Y eso es todo lo que pienso decir sobre la muerte de aquel hombre.

I give her my heart but she wanted my soul
But don't think twice, it's all right

viernes 30 de marzo de 2007

La culpa y el olivo


Observando la tierra removida que hay tras mi casa, me he quedado un rato pensando. Un rato largo, alcanzaría a decir, antes de sentirme interrumpido. Fue largo el pensamiento de quién pudo haber reinado sobre esta tierra, fértil a mi parecer, que hoy se emponzoña en la quietud lenta y sosegada del abandono. Ésta es una bonita casa, pensé, y seguramente aquí debiera haber un jardín honrado, para los que algún día dijeran, aquella era una hermosa casa de olivo y jazmín.
Es lento un pensamiento cuando René está ausente. Porque las cosas necesitan de una extraña lentitud para poder ser entendidas fuera de su relación común. Esa tierra por ejemplo, que está ahí y no dice nada, y seguramente no dice porque el hombre no ve. Entonces llega René y esta tierra es tierra de la que alguien, algún día, recordará su olivo y su jazmín. Y ahora que René no está, uno se para a pensar si esta silla es silla o si en el café hay café.
Es preciso prestar especial atención a todas aquellas cosas que se detienen en algún momento, dijo René...

Pero en esta ocasión, anochecía, y Jim llamaba a la puerta. Le recibí como de costumbre, invitándolo a cenar y cigarrillos, aunque algo había cambiado. Jim, el hombre oteante, parecía pensativo, así lo comprendí al ver como de manera tensa e impropia no acertaba a acomodarse en el sillón. No quiso ni mi cena ni mis cigarrillos, tengo algo que contarte, dijo, sus manos ocultaron un rostro lleno de culpa, yo maté aquel hombre.

miércoles 21 de marzo de 2007

Una noche con Andreas


Hay días en los uno amanece cansado, como recomido por la marea, y se pregunta, donde estuvo este cuerpo durante la noche, cuál es la olvidada historia, que esta mañana de lunes, se le niega a mi conciencia, cuales esos nombres que ya no recuerdo. Porque, estoy seguro de que en mi vigilia, algo aún no ha perdonado.

Andreas estaba sentado en la terraza de su bar, recostado en actitud triste de doble malta, y su cabeza levemente inclinada, como quien reprocha en silencio un dolor no perdonado, a medio camino entre el escepticismo y la desgana, expuesto a la irrupción no deseada del traicionero pasado. Yo supe que Andreas estaba triste. Supe que seguramente de haberle preguntado, erguiría la cabeza con un bello comentario encubridor, porque Andreas es una persona complaciente, que no confía en los sobresaltos de su intimidad, que no confía o no permite.

Mirará incrédulo su copa si un recuerdo lo sobresalta, no creerá, de seguro, que una mañana de mayo fuese él mismo quien enviase un ramo de flores a una muchacha de su barrio, él no pudo haber escrito aquella tarjeta dedicada, tampoco fue aquella la mañana en que su madre entraba en quirófano. Quizá no fuera la muchacha del barrio, sino Manuela, la mujer madura de la calle Aristófanes quien rechazó aquellas honestas palabras. Quizá tampoco su madre sino padre, quien con la vista ya nublada en morfina, llamaba a Erika, su hermana, para que anduviese con cuidado y no se acercase a la sierra eléctrica. Seguramente no fue él, quien escupió sobre el embaldosado azul de su cocina, tampoco pudo ser él quien maldijo a dios arrodillado, y sin lugar a dudas, él nunca reprocharía a su hermano haber callado en la distancia. Tampoco se preguntaría si éste, resentido por no sentirse escuchado, pudo haberlo odiado.
Una acrobacia del ilusorio recuerdo, que en turbias bromas se las gasta el pasado, que confunde y engaña, y que desde luego no deja pensar con claridad. O quizá este whisky que sujeta en su mano... Andreas no sabe, no quiere saber.

-¿Como va eso Andreas?
-Éste es un hermoso puerto donde atracar esta noche ¿no crees?

viernes 9 de marzo de 2007

Breve recuerdo de Atenas


Cuando aún vivía en Atenas, antes de trasladarme a esta isla, me alojaba en un viejo apartamento de alquiler situado entre el barrio Indú y el barrio de Plaka. Cuando dí con él no era más que un apartamento sucio y destartalado, como la propia Atenas, y aunque su precio pudiera ser "negociable en caso de estar interesado" tal y como me quiso hacer entender insistentemente la casera, la cosa no pintaba nada bien. Siendo francos, aquel lugar era una verdadero asco, aunque en aquella, mi primera visita, me encontré con algo que me hizo reconsiderar sus posibilidades. Junto a lo que pretendía ser una cocina, tras una puerta pintada de un rojo gastado, se encontraba el cuarto de baño, el cual ejerció en mi una influencia inesperada. A primera vista no significaba gran cosa, enbaldosado en blanco, bañera vieja pero limpia y un ventanuco muy luminoso que daba al patio de luces. Hasta ese momento nunca me había parado a pensar en el protagonismo que habían tenido en mi vida lugares como aquel, pero de alguna manera este cuartucho me hizo pensar en mi vida pasada.
Un cuarto de baño donde René y yo habíamos fumado cuantos cigarrillos (te acuerdas?), sentados sobre aquel retrete al que el primer sol del día iluminaba por un ventanuco no muy distinto del de éste, mi entonces futuro apartamento, donde Tim y yo, escondidos para que los invitados de su cumpleaños no nos vieran, descorchamos el vino que celebró aquella secreta conquista de la calle Maupassant.
Recordé el cuarto de baño de la primera casa de mi infancia, donde vi llorar por vez primera a mi padre, aquel hombre tan trabajador, tan capaz, portento de lo posible y de lo imposible, faro contra el que chocaba la vida y siempre retornaba luz, un camino decía, una ruta para los valientes, un abrazo para los cansados. Mira al horizonte decía, ve y cuéntame como nos fue, clava tu mano en la tierra, recupera algo de su esencia y vuelve para mostrármelo, pon flores junto a tu cama, corona tu cabeza con laurel y camina erguido, que tus manos te sirvan de sujeción y simbolicen tu lucha, y si caes, si lloras, yo te susurraré al oído, yo te señalaré de nuevo las rutas sobre el mapa, yo te pintaré la cara y te diré que eres fuerte y hermoso. Encarado a la vida, soy el centinela de la intimidad.

Lloró un Colosos, en aquel lugar tan impropio, tan como ausente de la vida de los hombres, tan funcional.


Las primeras semanas en aquel apartamento, las pasé por entero en el cuarto de baño, fumando cigarrillos, recuperando restos de las conversaciones que resonaban por el patio de luces, pensando en los planes de reforma para mi piso, pensando en Pércival y quien sabe cuantas cosas más... Durante unos días, aquel cuarto de baño fue el templo de mi vida pasada, un lugar sacralizado por el recuerdo. Un cuarto de baño ya ven, enbaldosado en blanco y tan insignificante ventanuco de madera...

domingo 4 de marzo de 2007

Una silla para René


Recuerdo el día en que René me llamó asustada a las cinco de la mañana. Cuando uno ha recibido una mala noticia en el pasado, una fiera se agazapa entre la maleza. Con gesto adormecido, esos ojos observan desde algún lugar reclamado para el olvido. Pero no duermen, esperan. Esperan una llamada, un telegrama o un toque en la puerta en hora extraña. Y esos ojos que no quisiste ver, esos ojos que despiertan su presencia cuando descuelgas un teléfono de madrugada, te recuerdan que la fiera permanece acechante, que la fiera es paciente, que la habitación se llenará de violencia sólo cuando ella esté preparada. Entonces aparece una voz seria, y la seriedad comprime el tiempo por un momento, la invasión tiene dientes y garras, nada se puede hacer pues contra la fiera, ella es la única dueña y señora del fatal instante, la violencia le pertenece por naturaleza. Percival ha muerto.

Cuando llegamos al apartamento de René ella estaba sentada en la silla que Tim y yo le habíamos comprado hacía un par de semanas en un mercadillo de objetos inútiles. Una silla vieja e irreparable pensé yo, -perfecta para René-, dijo Tim. A René le gustaban las ruinas. Ella fue quien me hizo entender el simple vinculo que existe entre los hombres y las mismas. Allí estaba René, sentada sobre una ruina, sin el sol de tarde que consuela, pensando o esperando, quien sabe, perdida entre sus manos anudadas.
Percival se había ahorcado. Tan solo unos días antes nos decía que había comenzado a escribir su libro, que estaba pensando en cambiar las cortinas de su departamento, que su hija lo había llamado, que no abriría la tienda el domingo si llovía...

En mi viaje a Santorini recordé a Percival. Él solía decir que la atlántida había sido un casino en la antigüedad, y que los dioses la enterraron por una deuda con el destino. En cuanto a la teoría de que la isla de Santorini pudiese haber sido la Atlántida enterrada bajo el volcán, sencillamente no me pronuncio. Esa es una historia a la que nunca presté demasiada atención. En cualquier caso, Santorini es una de las mas bellas islas del mar egeo.
A unos seis o siete kilómetros de Thira, la capital, encontré las excavaciones que las gacetas locales mencionaban; material de trabajo tirado por los suelos, hoyos cavados de forma dispersa e incongruente (a los ojos de un completo desentendido en materia) y un hombre, un solo hombre sentado tras una mesa de escritorio bien robusta y polvorienta escribiendo en un cuaderno, sombrero de ala y ropa de campo. -¿han encontrado ya el tesoro?- pregunté, a lo que me ignoró con un amplio y pausado acomodo en su silla. Aquel hombre, tendido al sol, olvidado en su polvoriento despacho improvisado, no parecía estar de humor. -El espectáculo ha terminado, llega demasiado tarde, la empresa de Reinols ha decidido cancelar el presupuesto de esta investigación por su deficiente rentabilidad. ¿Usted se cree? ¿que tipo rentabilidad esperaban encontrarle a estas piedras? Aquí me han dejado, al mando de esta excavación, sin personal ni presupuesto, a expensas de realizar un detallado informe sobre la trayectoria de la misma.- Aquel tipo me explicó que "la empresa de Reinols" había pagado por los servicios de un grupo de arqueólogos en la tentativa de hacer fortuna con algún descabellado descubrimiento. Los hombres de negocios sin embargo, hacía ya dos días que se habían ido, y aseguró que no le habían dejado mas que una dirección a la cual enviar su informe (la cual no tuvo inconveniente en anotarme) y el sueldo correspondiente a un par de semanas de trabajo. En cualquier caso, este hombre decía estar seguro de que los "socios de Reinols" no vestían de traje, sino más bien de "'shorts' y martini en mano".

Aquí estoy, sentado en la misma silla que Tim y yo compramos para René, en el porche de mi pequeña casa, pensando en Percival, en el hombre de traje y en la fiera que nunca duerme...

lunes 26 de febrero de 2007

De rumores y entierros


Tal y como mencioné en mis líneas anteriores, el hombre muerto ha levantado muchos rumores en la isla. Demetrios, el hijo mayor de Celandine, cuenta haber escuchado desde su barco una conversación por radio en la que dos hombres con acento francés parecían estar muy enfadados por la desaparición de un tal Jean-Paul -"no encontramos a ese cerdo" han sido sus palabras- según dice. Pero Demetrios nunca ha sabido diferenciar bien la realidad de la fantasía y en la isla es conocido por las tan grandiosas como dudosas hazañas que habitúa a contar. Celandine por su parte, está convencida de que era un inspector del suministro eléctrico, ya que en Iraklia se utilizan métodos legalmente cuestionables para su abastecimiento. Pero el generador que instaló la compañía eléctrica hace ya casi 30 años nunca ha sido revisado, y no son sino los isleños quienes lo conservan, por lo que parece extraño tan repentino interés por el uso que los habitantes de Iraklia puedan dar de él. Lo que está claro es que nadie hace turismo sin equipaje y mucho menos con ropa elegante. Es por ello por lo que me ha despertado el interés una conversación que mantenían James y Andreas el sábado pasado en la taberna de éste. Ambos coincidían en que probablemente el hombre debía haber llegado de alguna isla cíclada, aunque "evidentemente" no fuera isleño (cuando vives en una isla el 'traje de domingo' se reserva únicamente para las bodas). Sin embargo Andreas, comentaba que la última vez que vio un hombre de traje (desde la boda de su hermana) fue hace ya casi diez años en las excavaciones que tuvieron lugar en Paros, en los alrededores de lo que se supone un templo herático. Aseguraba que entre los arqueólogos rondaban hombres trajeados dando órdenes, lo cual no le llamó en absoluto la atención, ya que muchas de las excavaciones arqueológicas en grecia están financiadas con fondos privados. Hombres de negocios pensó. Encontré muy interesante su observación , ya que tal y como nos dice 'Mr. Plastidecor' en uno de sus comentarios, las gacetas locales hablan de recientes excavaciones en Santorini.

En esta isla no hay mucho que hacer, y esta podría ser una buena historia que contar, así que me he decidido ha comprar un billete hacia Santorini esta misma mañana. Si el viaje no resulta lo interesante que pudiera, por lo menos habré disfrutado de un agradable paseo por esa hermosa isla.

Por la tarde, coincidiendo con la puesta de sol, el pueblo de Iráklia se ha reunido en la colina oeste para celebrar el funeral del hombre muerto. Ha sido un evento sencillo; Gloria, la mujer de James, salió esta mañana temprano para Naxos y nos ha traído un precioso ramo de margaritas para la tumba. James esculpió sobre una piedra de mármol la fecha en la que encontramos a éste pobre hombre, adjuntando un breve epitafio: "Aquí, lejos de su hogar, yace un hombre que mira a poniente".
Tras unos minutos de silencio, hemos cubierto el lecho con tierra.

"Tierra de nuestra tierra, tierra de los vivos y de los muertos, así se oculta un hombre, así desaparece, lánguido y obstinado, como el hombre que seguramente fue, como el hombre que cayó en la arena y nosotros levantamos. Descanse al fin en paz en el reino de los muertos, y que los amores que aún esperan puedan llorar sin tedio, que no marchiten, que vuelvan a brillar, que comprendan que el hombre ausente ya no retrasará más su llegada, porque no volverá, no ocupará su lugar en la mesa, tampoco ofrecerá su mano con un adiós a quien la necesita. Que nuestra plegaria ampare a los vivos que añoran, y que el sol naranja que hoy cae, amanezca mañana y pregone la noticia, despierte el luto para que aquellos que aman puedan comprender, para que puedan al fin llorar, y con los días el recuerdo se torne digno y sin resentimiento.
Nuestra tarea está cubierta, reposen sobre sus ojos estas dos monedas para que nuestro hombre pague a Caronte, el barquero, su digno oficio."

domingo 25 de febrero de 2007

El polvo y la arena


Esta noche de sábado se ha alargado más de la cuenta. Andreas me invitó a una de sus partidas de cartas y no se si culpar al Whisky o a los aperitivos 'supercrujientes' (como él los llama) de mi absurda humillación. Nunca me ha gustado perder, y menos cuando se trata de mi dinero, pero es que con lo griegos uno siempre está en peligro. Sus comentarios inoportunos, su ornamentada gesticulación, sus malditos aperitivos 'supercrujientes'... basta un poco de Whisky para que mis reflejos queden aturdidos como los de un besugo, y así cualquiera palma. Por si fuera poco, las trampas son legales en las timbas de Andreas, siempre claro está, de que pasen desapercibidas, y el disimulo o el decoro de quien las practica impida alguna risita de entre los espectadores casuales. De modo que, uno vuelve a casa sin un 'chavo', borracho y con la duda de haber sido un justo vencido o víctima de un atraco.
Pero no es ésto de lo que venía a hablar, sino de un reciente acontecimiento. De la fortuita aparición de Tim, Timothy Treadwell doble te mayúscula, compañero y cómplice una vez más. Azar o aburrimiento, no podrás negar querido Tim, de que nuevamente nos encontramos. Mis Dioses y tu desidia noctámbula nos han traído una vez más a una misma ciudad, y tu carta, irrupción de un juego de azar, reclama ese espacio de encuentro.
Jurar te hizo volver, Tim, de eso no cabe duda. Porque las ciudades son amantes que no se dejan dominar, y sus gentes siempre reclamarán el recuerdo de lo que pudo y no fue.
Hoy que ha sido un día caluroso, y que esta isla no está lo calmada que debiera, pues la aparición del hombre muerto, y su prorrogado funeral, está desatando los rumores mas disparatados, recuerdo el día en el que nos despedíamos con café y bollos bromeando sobre cual seria nuestro próximo fatal encuentro (y qué fue de René?). Tu Berlín, yo Atenas, y la siniestra convicción de que nuestro reencuentro traería consigo una historia de las de polvo y arena, de las que no se pueden contar sino desde la pérdida y la condena. Lo que se suele decir volver con las manos manchadas...
Aquí estás, broma del destino, y éste será desde luego, el lugar donde traer el polvo y la arena...

P.D. Como he dicho, el funeral del hombre muerto ha sido atrasado hasta mañana. A Celandine le ha afectado sobremanera el suceso, insistiendo en que esperemos un día mas por si "un milagro nos trae a algún pariente", cosa que aunque dudo, no podemos negarle una esperanza tan honrosa a la pobre mujer, después de todo es ella quien guarda el cuerpo en su casa. En cuanto a los rumores, prometo revelar mañana algunos de los sucesos que los han suscitado.

viernes 23 de febrero de 2007

Primer día de occidente


Recuerdo el primer día que vi a James... Yo estaba recién llegado a la isla, y aunque en aquel entonces no se me había pasado por la cabeza quedarme en ella, reconozco que me resguardé en la idea de volver si la vida no se portaba como debiera. Este es un buen lugar -me dije- un lugar donde vivir. Sucede que, ya por aquel entonces, la arena o las ruinas, quien sabe, habían despertado en mi una valiosa lección. Llegó de corrido, como quien se encuentra con algo familiar, sin sobresaltos, con la liviana costumbre de un gesto habitual, como quien coge un cigarrillo, como quien se anuda el zapato, y sin embargo... áspero, intolerante, brutalmente originario... de que la vida surgía en la tierra, tierra batiente sobre el mar, de que la tierra ensalza el hábito del hombre, y nunca al revés, allí donde la piedra del templo mira al horizonte, portento de la vida y del tiempo, primer día de occidente, ésta, tierra de los hombres, allí donde las cosas reposan en silencio...

Allí estaba Jim, oteante sobre una colina, con gorra de marinero y 'shorts' adidas mil novecientos setenta, con su ineludible aspecto inglés, y una evidente historia traumática que contar (no tan traumática como pude comprobar mas adelante). Aquella figura consiguió avergonzarme de mi resuelta actitud urbanitas, esa extraña seguridad de quien ha vivido en la gran urbe y dice saber lo que es la vida y sin embargo no sabe absolutamente nada.
El encuentro con lo originario, si cabe, es violentamente revelador. Vergüenza, ya veis, es lo primero que despertó en mí. Entiéndanme bien, esto no es un alegato reivindicando retomar la 'vida en naturaleza', estoy hablando del vínculo originario entre la tierra y el hombre. Vínculo olvidado, y como tal, deteriorado al poner en marcha la máquina de café, completar un sudoku en el metro o decidirse entre zapatos planos o de tacón. El hombre, erguido sobre la tierra, hizo de ella su morada;
éste es un buen lugar -me dije- un lugar donde vivir.

jueves 22 de febrero de 2007

Del último puerto


Hoy ha sido un día ajetreado en la isla. El cuerpo que ayer encontramos James y yo en la arena ha despertado el interés de todos. No es habitual encontrarse un cuerpo inerte en la isla, exceptuando el de Andreas, que de vez en cuando, con la luna menguante dice él (lo que más bien nosotros achacamos al whisky de malta), tenemos que ir a remolcarlo de la playa para resguardarlo del sol de la mañana (ya haremos las presentaciones mas adelante). Pero esta vez el asunto es algo mas serio. El hombre vestía con un traje oscuro y no llevaba documentación, y como era de esperar, nadie dice conocerlo en la isla. En iraklia no hay delincuencia, somos cincuenta y cuatro habitantes. El único contacto físico con el exterior, es un barco diario procedente de la isla vecina Naxos, y uno semanal desde Atenas. El capitán de la línea Naxos-Iraklia-Koufonissia dice no recordarlo entre sus pasajeros, y el barco es bien pequeño, créanme, y aunque bien podría haberle pasado desapercibido, un "capitán" está a lo que está, no es muy probable que nadie lo hubiese visto desembarcar.
En la junta general convocada se ha decidido velar el cuerpo un par de días a la espera de que alguien lo reclame. De lo contrario, ese hombre se merece un funeral como es debido, y nadie escatimará en concedérselo llegado el momento. Celandine, propietaria de una de las dos pensiones que operan en época de turismo, se ha ofrecido a guardar el cuerpo en una de sus camas. James, aporta su camioneta para el transporte, y yo me he ofrecido a recitar unas palabras el día del funeral si éste fuera necesario.

A medida que os voy introduciendo en la vida de nuestra isla, se me presenta justo y necesario presentaros a los habitantes de la misma. Prometo hacerlo en próximos escritos. Por el momento, os dejo con unos versos que el día de hoy ha traído a mi memoria:


"Y di otra plegaria en el nombre de aquellas
mujeres cuyos hijos o maridos
dejaron puerto, y nunca regresaron:
Figlia del tuo figlio,
reina del cielo."
T.S.Eliot

martes 20 de febrero de 2007

El sol de medio día


Hoy hemos encontrado un hombre muerto en la arena. Su cuerpo, esforzado por alcanzar algo, un bastón quizá, insinuaba el tenso momento de su muerte. Un instante de lucha, el último, por permanecer en vida.
Y el bastón, portento de la sujeción, de lo que permanece, de lo que se sostiene, a sólo dos palmos de sus dedos, se ha negado en silencio, obstinado en su quietud, ha dicho -no, esta vez no-. Y su lamento ha sido breve, sin rencores. Reposen las cosas, en su simple y llana quietud...
El hombre con sombrero de capota cayó exhausto al suelo, sin lamentaciones, no alcanzaba a coger el bastón roto. Sudoroso, arrastró su traje sobre el polvo ardiente. El sol permanecía sobrio en el tiempo, y como consciente de su fugaz desaparecer, eterno reaparecer, lamentó solo a medias el patético esfuerzo de su hombre.
Murió en campaña, con gesto desajustado, como un muñeco roto en la arena.

El desierto es un lugar silencioso...

lunes 19 de febrero de 2007

Alsbo black y un bolsillo roto



Los restos de este tabaco, fabricado por Orlik tobacco company, han aparecido en el bolsillo de una americana que hace años di por desaparecida. El caso es que no suelo enredar entre las cajas de mi trastero, pero el lunes pasado recordé haber guardado un diccionario de francés en mi última mudanza (hace ya casi 8 años), y decidido a traducir las bellas palabras de Oskar Werner en "jules et jim" me aventuré a meterme en ese cuartito oscuro y húmedo donde quedaron los restos de mi vida pasada. Cuál fue mi sorpresa cuando apareció una horrorosa americana de ante que recuerdo haber comprado de segunda mano cuando era adolescente. Decidí ponérmela unos segundos frente al espejo, motivado supongo, por ver la imagen que pretendía hace años...

Yo solía llevar las manos en los bolsillos, siempre me resultaban un estorbo fuera de ellos. Tan colgantes, tan prescindibles... de modo que así fue como aparecieron entre mis dedos los restos de este antiguo tabaco.

Sucede que, este tipo de prendas de segunda mano, acostumbran a estar bastante agujereadas. Es uno de los caprichos de su precio, lo cual en aquel instante supuso un feliz encuentro; A través de un agujero del bolsillo izquierdo, una sustancial cantidad de tabaco se había quedado atrapado entre el forro y el ante. Este viejo y roto bolsillo, como un cofre, como sepultura, me traía un poco de Orlik del pasado. Un pequeño souvenir de mis tiempos mozos...

El resto ya os lo sabeis; papelina, un filtro, y unos instantes de gloria.

Good times... Mr Rory

Bienvenidos. Éste es el comienzo de un nuevo cuaderno dedicado a aquellos quienes tengan algo que contar. De encuentros, de infortunios, de pérdidas y apariciones, de amores y derrotas... en tierra o mar, de hombres sin historia...
En éste departamento también suenan Lp's , se habla de cine y se fuman cigarrillos...
"Acomódense, preparen café y escuchen mi historia..." ETH.