Desde luego no es cosa de su carácter, ni de la curvatura en sus hombros, y mucho menos esa gorra o esos shorts. Miran otra cosa.
Cuando alguien dice que fulano es toda una "presencia" no asoma siquiera a rememorar lo que esa palabra pudo en un tiempo significar. Habría que rememorar mucho, demasiado, posiblemente tanto como ningún hombre ha hecho jamás. Acaso un leve y desgastado recuerdo nos sobresalte, quizá, si pensamos una palabra tan cotidiana: "Presencia" zumba como el tren de las seis y media que pasa a diario por la ventana de la salita, justo cuando te encuentras haciendo la tarea de mates y tu madre está bañando a tu hermana.
Pero un día tu madre te cuenta una extraña historia acerca del tío Manuel al que no conociste porque murió joven, que gustaba sentarse sobre un puente a ver pasar los trenes en las horas del verano. Conocía todos los modelos y horarios. Tu madre acostumbraba a acompañarlo cuando era niña, un poco desganada, cuando no había mucho que hacer. Si no recuerdo mal, te contaron esa historia porque unos días antes habían emitido una película por el televisor en la que uno de los personajes hacía algo parecido (¿un tal Charlie? ¿Bill quizá?) y a tu madre le vino al recuerdo. Recuerdas que la historia empezaba con algo así como "Hay gente que gusta de ir a ver pasar los trenes...", y a pesar de eso del "hay gente", la historia se refería al tío Manuel... cosa extraña, pensaste. Pero la historia del tío Manuel no era de esa clase de historias que tienen algo que decir y que sin embargo no dicen, la historia no era una historia con lección ni nada por el estilo. Era una historia que más bien era un simple pasaje, como una fotografía donde se alcanza a ver un árbol, un puente y un hombre, sólo que ese puente, ese árbol y ese hombre, tenían por así decirlo un nombre, y por lo mismo no eran simplemente un árbol un puente y un hombre, si no esos, justamente esos, ese árbol, ese puente y ese hombre con los que tu madre trató en su historia. Lo cual, y dicho sea de paso, ya es decir, tanto quizá, como demasiado.
Entonces una tarde a las seis y media el tren zumba pero ya no es el mismo. Te preguntas por ese tren, y al momento no importa, porque todos los trenes -y sobre todo para ti que haces mates- son el mismo. Pero de pronto el tren no se deja, y su zumbido suena como la llamada de una madre, -¿Cuál será su nombre? ¿Qué dice?- te preguntas. Pero qué cosa mas tonta, los trenes no tienen nombre, acaso alguno metálico y muy ruidoso como "Strowsksalgo & Sons Mod.333", pero eso no es un nombre, o desde luego no lo es "uno cualquiera", de esos que tienen que tener las cosas para hacerse ver nunca más de lo necesario. Y de pronto el tío Manuel, ese que no llegaste a conocer porque murió joven, ¡Qué hubiera pensado de este tren de las seis y media que pasa a diario por la ventana de la salita!
Entonces ya no es sólo el tren, se trata también del tío Manuel, -quizá por que muriera joven-, que piensas que el zumbido ya no es liso y cotidiano, sino áspero, reverberante y perturbador.
Así es como Jim se hace presente, abrupto y silenciosamente violento, pero de Jim no tenía entonces ninguna historia por la que comprender porqué me zumbaba tan áspero, y a pesar de ello, por algún extraño motivo su aparecer me provocaba, y lo sigue haciendo, el preguntarme por el hombre y su historia.
Así es como Jim se hace presente, al modo en el que las cosas que hemos olvidado son recordadas de súbito. Sólo que se trata Jim de un olvido, que ningún hombre por más que se esfuerce alcanzará jamás a recordar. Porque el tiempo de Jim es quizá otro, uno nunca vivido, uno de esa clase que cuando tratan de narrarlo nadie podría creerlo verdadero. En fin, uno de esos tiempos que llamamos mítico.
Ha llegado la hora de contar la historia de Jim. De Jim y también de Gloria. Será esta una de esas historias sin lección y sin mensaje para la posteridad, de esas que quizá debieramos decir tan sólo pasaje.




















